Prosas: El Canto Estepario.



Amigos


Después, el tiempo se encargará de mostrarnos todas las cosas que simplemente quisimos olvidar, así, de una manera tan clara que nuevamente pasarán sin ser reconocidas por nuestros torpes bríos enardecidos hacia lo impensable. Te llamarán de cualquier manera, sólo para recordarte que aun les perteneces, que no ha sido posible librarte de todos los recuerdos que juntos han labrado en tantos lugares diferentes; renegarán tu comportamiento si no les pertenece, ya que sólo ellos quieren que seas lo que quieren de ti. Tu compañía sólo es válida cuando esta remojada en el alcohol, ya que tu dinero compra su ebriedad y al mismo tiempo lo que se conoce por felicidad. Es tan rebelde su emotividad hacia tus amores, es el egoísmo desnudo el que rige sus palabras, todos estarán en tu contra, y como el peor animal serás repugnado por no compartir el mismo infortunio con la que ellos ven el mundo.

Sabes que tus visiones son diferentes, que no eres igual al resto de cuerpos que se mueven a tus afueras, a ellos que vagan buscando lo que desconocen, a ellos que piensan en lo que serán sin ver lo que son, a ellos que sienten por experiencias de otros, a los cuales, otros marcaron igualmente su camino hacia el vacío que encaminado a sus mentes está predispuesto.

Piensa siempre en tiempo presente, viéndolo desde la posibilidad de la inexistencia de tu carne, desde las palabras dichas ahora por esa vana silueta que te acompaña y que tu quieres sostener siempre con tus brazos, centra tu universo en un sólo lugar, ya que cuando te expandes demasiado sólo podrás abarcar las simples huellas de un navío en un mar infinito.

¿Has de vivir por tu nombre en palabras de bocas ajenas o por todo lo que tu sentimiento representa? El reconocimiento sólo nos hace ser extraños a nosotros mismos, olvídate de todo, menos de aquellos para quienes en tu verdadera pequeñez seas tan sólo un mortal adorable.


Asesino Interno

¿Sientes el viento mecer las hojas? Al parecer, no somos lo suficientemente astutos como para beber del rocío la clara lluvia que se posa en nuestros corazones. Nuestros demonios se alimentan de alpiste y picotean nuestros ojos ondulados. El químico en mi saliva se asemeja al cigarro nocturno que ilumina el laberinto de pieles ásperas en donde descanso, las pieles que vician mis sueños. Habito tu útero endeble, víctima del sinsabor que ostento en mis ojos ya en el pico del cuervo nutrido. El túnel que me arrebata tus venas sangra a borbotones, no puedo sentir tu corazón palpitar en mi cabeza, tus frágiles manos acariciando la piel que me abriga...


La oscuridad desvanece y no recuerdo tu nombre, mi memoria; ¿ha sido víctima de la palidez de la hoz? ¡Ah! ¡El paraíso! Muerte es muerte; me lo ha murmurado Dios tantas veces, él me ha asesinado.


Amén

Rezaban los santos mientras yo simplemente observaba mis zapatos caminar por sí mismos, vaya, decía; ¿por qué dios no me regala unos nuevos zapatos? ¿Por qué a los demás les regala tantas cosas y a mí no me regala unos zapatos?

Señor, dime cual es mi pecado, ¿Qué tanto te impide mi avaricia consolar tus propósitos? ¿Acaso no soy también tu hijo?

La humildad ha ya desgastado mis pies desnudos.

Amén; también puedo orar, remembrar el goce de tu silencio consumido en la cruz, no he matado, pero puedo hacerlo si eso es lo que quieres. No distingo color alguno en la mancha que cargo; pero puedo pintar mi piel al gusto de tus ojos.

Sabes que no puedo correr de mis temores, soy yo el que los disuelve ampliamente en todas las direcciones; si tus dedos no me bendicen, ay, no puedo vivir.

Mi nombre es Lázaro y he caminado entre los muertos, esta sábana blanca que me cubre es demasiado pesada como para mover la piedra que me impide llegar a tus brazos abiertos. Los pajarillos que surcan el cielo tocan tus mejillas y yo sólo soy el cuervo que se detiene hambriento ante tus ojos.

Tiéntame con tus caricias, mi desierto es demasiado áspero y solitario, necesito tu brazo extendido hacia mi piel, cólmame de riquezas, aunque solo quiero unos zapatos.

La ciénaga sobre la que vivo me empuña tan fuertemente que me impide convencerme de mis secretos, quiero el ayuno del mundo sobre mis manos, ser yo la ciénaga que empuña los caminos iluminados con el color de la perfección; señor, quiero ser yo tu único hijo muerto de frió y tu única estrella apagada entre tus manos, quiero recorrer el paraíso fugaz con mis zapatos nuevos.