Los Relatos de la Muerte




Los Relatos de la Muerte, obra ganadora del tercer Premio Internacional de Poesía Desiderio Macías Silva en el año 2011 (México). Jacobo Márchal, el autor de la obra manifiesta en ella la culminación de un camino, el cual se resume en el encuentro con la muerte; suceso de gran significación para el poeta, acto que se evidencia en cada uno de los poemas que configuran la obra, donde es ella, la Muerte, la musa encantadora quien desvela la idea de vida como un descenso funesto a lo humano.  La presente obra alcanza un gran nivel poético, manifestando de tal modo una belleza sombría pero al mismo tiempo encantadora, una inevitable sinceridad y a la vez una ficción precisa. No en vano es Jacobo Márchal el elegido por la Muerte para llevar a los hombres su propia imagen que nada tiene de inconclusa. 

De tal modo es el Señor Márchal el encargado de cantar los finales, se acude entonces a la lectura de la obra de un poeta de la muerte.

James Stone





Relato de muerte número uno: ¿Y Dios?

¿Cuantos de ustedes piensan 
que están vivos?

Caminaron a la iglesia
en búsqueda de dios,
rincón por rincón,
oración por oración
y no lo encontraron.

Caminaron al bosque
en búsqueda de dios,
semilla por semilla,
arroyo por arroyo
y no lo encontraron.

Volaron al cielo
creyendo que allí estaría dios,
nube por nube,
ave por ave,
tampoco estaba allí.

Descendieron la Muerte
en búsqueda de dios,
y tan sólo
hallaron su cadáver.




Relato de Muerte número cinco - Ella

Nunca he conocido un sabio, 
y si existiera, sería mujer.

Noche sumergida en olas
de café acre,
silencios tendidos sobre
suelos verdes.

Ella está parada al borde
del fuego que la chimenea
desprende
ansiosa por encontrar el
momento preciso en que
su piel roce tenuemente
los límites del tiempo.
Sus brazos arqueados
forman un Yo colmado de
adioses,
púrpuras palpitaciones
de invierno que yacen
en sus ojos.

Al filo del cuerpo,
instante preciso en piensa no ser ella.
Tocan la puerta…

- ¿Quién es?
- Soy YO.
- ¿Quién soy yo?



Relato de Muerte número diez –El Poeta

Todos los poetas 
son hijos de la Muerte.

Sus palabras yacen atascadas
en sus dedos, atadas en la
ventura del sueño incesante
que silencia la alcoba.
Imposición derivada de la existencia
que su cuerpo recae a ritmo
lento y en extraña consciencia.

Todos los silencios le pertenecen,
su vida fue un festín
de ausencias,
todo lo que deseó fue encontrar
el verbo perfecto para relatar su presencia.

Nada escribe en la oscura
ensoñación de su mañana inhabitada.



Relato de Muerte número catorce: In-tacto

Todo sentimiento humano
está sujeto a su simplicidad. 

Soy destructor de formas,
de límites.
Soy el extremo latente que desconocen,
inflexible, mordaz.
Puedo construir donde muchos han muerto,
jugar con cráneos,
esculpir tu nombre en ellos,
borrarlo,
inventar un nuevo lenguaje o pintar el silencio.
Soy ondulación,
manchado a veces con sangre ajena.
El encanto de la fémina está en su caminar sereno,
su sexo me pertenece, a sabiendas de mi ausencia;
me postro en su pecho, lamo sus ojos,
la camino lentamente, la desgarro sin afán.
Evocando sus suspiros las precipito
hacia el gran abismo,
han sido víctimas de mi engaño,
ese fuego que arde y se consume.
He sido sexo en sus murallas,
en sus cielos, en sus calurosos
lechos excito la violencia,
me degenero y me contengo,
coqueteo,
gimo para no perder el encanto.
Las tomo entre mis manos
y ellas me atan con sus piernas,
queriendo, en sus adentros,
con desprevenidas ansias
despertar todos mis miedos.
A veces también he sido  muerte,
huellas dormidas en alguna parte,
humedad que baja por el cuello,
labios mordidos, pieles sueltas
que escriben mi nombre sin saberlo.
Al final de la noche,
el aliento se detiene sobre el filo,
me descubro, me rebelo.
Denle tres aplausos al Señor Márchal.




Relato de Muerte número veintidós: La vanidad de la muerte

No es insomnio
el amor que siento hacia la noche.

No mendigar al cielo sus aguas
ni tomar del árbol sus frutos.
Tener lo tenido y tirarlo,
infausto destino tenerlo,
pues las manos quedas
siempre callan
y sin fuerza pierden brillo.

Aun así, lozanos unos
que cantan el himno de la vida
y en sinfonía ciega murmuran
—no al mutismo—
adorando,
previendo
incierta abundancia.

Para los que no creen en silencios
la muerte es una eterna fiesta.