La Pregunta por la vida


Vislumbras la sangre al nacer, la esterilidad que reposa en la movilidad del mundo que se encuentra al otro lado de la retina, comienzas una vida que ya tiene el fin marcado en la mente de los otros, de las sombras que son testigos y el testimonio del reo encerrado en tu piel. Comienzas a experimentar el mundo, haces parte del bullicio inconsciente que deambula sobre las sórdidas aceras, de los burdeles llamados hogares, donde los pilares de las familias socavan el influjo del experimento de Dios.

Creces, te desarrollas en lo posible inducido por el delirio de carnes foráneas, carnes que viven en tu piel, que manejan tus huesos y que pronuncian sus palabras sobre el conmovedor movimiento de tus labios. Te generas voluntad impropia, repites lo que los adultos pronuncian, caminas ante sus brazos, buscas cobijo de la maldad que ellos producen, pero te escondes en sus mantos creadores. Desarrollas la infamia con tus manos, lentamente moldeas el camino que has de seguir, iluminado con el sinsabor del no ser en sí mismo; aun siendo un infante eres un rezagado, una maquina que consume amores falsos y caricias de la mujer que lentamente te olvida para caer finalmente en los brazos de la muerte.

Acudes al llamado incesante de tu esterilidad profana, el cual se devela en el tiempo que pierdes respirando los aromas tenues que desprenden los campos que flotan en las esquelas con las que vivimos, atado al mundo que te muestras. Eres la sombra de tu prójimo, eres la parte activa del molde de la imperfección que cargas y que se ve reflejado en las acciones que cometen tus actos, tus dedos poseen en las huellas los delitos de tu sangre, y con el tiempo se apropian de tu falsa identidad para mostrar al mundo el demonio que llevas dentro, pero que temeroso no se pronuncia ruidoso ante los demás monstruos que te señalan con sus ojos. Alcanzas aun vivo una mayor edad, disfrutas los placeres de la carne cuan si fuera ambrosia arrojada por Dionisio, y como perro hambriento te lanzas para saborear las mieles de la sangre, dejas actuar al animal que te habita, mientes, amas falsamente sin saber que es el amor, tocas cuerpos que inamovibles se separan de su realidad para entregarse al único licor que aplaca tu sed, es el sudor carnal tu alimento diario, aquel que obtienes con lagrimas y delirios de las personas que se entregan a tu misma labor. Eres parte dual del engaño que se realiza en el juego que diariamente se continúa, penetras zombis siendo tú un zombi, te alzas inmoral sobre la perversión que se vende en los viejos libros sagrados, haces parte de los sacrilegios que alimentan la venganza de un Dios, cualquiera de ellos. Te levantas con la cabeza erecta buscando sobrevenir sexualidad, queriendo existir en un cuerpo que no es el tuyo, con la sublime esperanza de ser un recuerdo de la noche, que se genera entre las piernas de otro ser.

Hasta que despiertas un día en un solitario pensamiento pesimista acerca de lo que has hecho, de cómo has llevado tu existencia desde la primera vez que vislumbras la sangre hasta el momento que estas acercándote mas al final de tu miseria vivida.

La piel comienza a cambiar, se arruga la fragilidad de los momentos que perviertes con las cosas que comprendes malvadas pero que no quieres cambiar, entras en la adultez, vives por un precio. Tu tiempo hace parte de un hombre que te paga por ser un autómata, un muñeco de baterías mensuales, que se gastan en una botella de prostitución.

Después de ello, te cansas, te casas, se produce la unión de dos muertes para engendrar una tercera o hasta una octava. Compartes tu miseria con la miseria. El tiempo se hace más corto, se confirma la palabra, escuchas a lo lejos un llanto amargo, que se propaga por tu cerebro hasta llenar tus tripas y el vomito sale reluciente a contemplar el mundo que te asiste, y cuando menos lo esperas estas en una cama, sin poder mover la voluntad que hace unos años destruía la pesadumbre que engendro la vida.

El recuerdo te posee, pero lentamente eres olvidado, la magnitud del tiempo que relucía y florecía en tus manos ahora te sofoca, es un sabor a sangre y a tierra entremezclado con la madera, eres consciente de que te acercas a tu última morada. Las dudas te consumen, eres la incertidumbre de la inconsciencia. Tus manos tiemblan junto con el mundo que se hunde en el pantano que desde un comienzo se ergio sobre las mentiras impropias que el ovulo fecundado han creado.

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